Bayreuth, donde la ópera se resucita

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Mi primera vez en el Festival de Bayreuth. Bayreuth, Bayreuth, suena como un sueño. Báiroit. Un oasis de ópera en que mundo y tiempo dejan de existir, la imagen se hace música y la partitura se destila en color. Fantasía colectiva, ejercicio de autopersuasión. Ayer vivimos al maestro Wagner, le dotamos de memoria. Ayer se amó la ópera hasta el extremo.

Dicen que ya no cantan los mejores. Que es un mundo en decadencia mecido en humilde tumba del fundador. También yo lo decía anteayer: que en Valencia se ha representado un mejor Anillo del Nibelungo; Nueva York, Múnich o Berlín. Y, sin embargo, ayer, en Tannhäuser, entre humeantes biorreactores de fermentación alcohólica, sonó el arpa y dijo: “Bayreuth es feo – Bayreuth es perfecto

Bayreuth es el lugar en que el de voz fea y vulgar se sacrifica incruentamente por amor y trata de alcanzar la perfección. Muere la rutina y, entre sus cuatro paredes, la orquesta invisible y mística, hasta mi voz podría sonar a lágrima. Porque en Bayreuth no se representa: se resucita.

Bayreuth es el lugar en que las notas de la partitura se condensan gota a gota. Tersas, personales, matemáticas. Los instrumentos hablan por boca de los hombres y en los concertantes follan apasionadamente. Sin amaneramiento, solo sudor. Suena la misma palabra, repetida en fuga por todos los personajes y es exacto, como el oleaje de un metrónomo.

Bayreuth es el lugar de los hombres y mujeres que no repiten los errores de sus padres: buscan los suyos. Una fábrica biotecnológica es, como en Don Quijote, castillo; la sublimación de Elisabeth ocurre entre volutas de biogás. Pueden parecer imágenes horribles, fallidas: pero el espíritu es la experimentación en Wagner. El único riesgo real, la única muerte posible, sería embalsamarlo entre perfumes.

Bayreuth es, en definitiva, el lugar que tú quieras que sea. Una receta añeja: sugestión, emoción, anhelos. Dejarte llevar y unirte al feliz pataleo. Ver la belleza en la fealdad, la virtud en los errores y el amor a la ópera, la verdadera dulce estrella vespertina.

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