Semana 11: Porgy and Bess – Gershwin

La semana pasada tuve la oportunidad de visitar por primera vez el teatro de ópera mas importante de mi país (con perdón del Teatro Real), una maravilla arquitectónica de lujos y dorados, mucho vértigo desde el gallinero y políticos, próceres y otros popes rondando por los pasillos. En el escaso tiempo libre que me dejaba cierto Congreso, asistía a una de las obras musicales más populares del siglo XX, composición que abarca desde la ópera al musical, del jazz a la tradición musical europea y se encuentra en lo que nos hace humanos: placer, amor, celos y odio. Te lleva a un país lejano, una vida terrible y apacible en la que podemos sentirnos mucho más identificados que con nuestros héroes, las cuitas de Werther o las lágrimas de Magda.

Es una ópera de hombres que viven como hombres y no como almas. Pero llega el final y sientes cómo los personajes, entre tanta danza y gospel, han acabado convertidos en estereotiposPorgy and Bess es un comienzo prometedor, que fracasa en sus promesas.

Estamos ante una ópera de héroes antirrománticos. O de antihéroes románticos. No sé. Porgy es un paralítico que mendiga y juega para ganarse la vida, Bess es la querida de un macarra, sin más oficio que ser amante y adicta a los polvos felices. Porgy ama a Bess con amor adolescente. Lo que siente Bess por él es mucho más dudoso. ¿Lástima? ¿Cariño? Pero el libreto no se centra únicamente en los dos personajes. Trata de capturar la vida de la comunidad en toda su diversidad, de ser una estampa de ser. Una imaginaria colonia de hombres y mujeres negros en Carolina del Sur a principios del siglo XX nos da la bienvenida y nos muestra su lucha: conquistar las deudas, las drogas o el alcohol. Criar a un bebé, nutrido y querido. Ir a pescar cada día. Y volver.

No esos polvos felices, los otros.

No esos polvos felices, los otros.

La acción comienza con una introducción viva y maravillosa, que te incita a la euforia y te sumerge en un universo sonoro. Abre la boca de nana Clara, personaje más enternecedor y recuerdas: “Esta canción la conozco”. Summertime. Es verano.

La paz aparente se resquebraja por el asesinato de uno de los parroquianos. El asesino es el negro Crowney, borracho y hasta las cejas. Eso atrae a los blancos, aves carroñeras en busca de cadáveres que diseccionar e inocentes para encarcelar. “Deja que los negros se asesinen entre ellos”, parece decir. Crowney huye de la justicia y de su propia gente, dejando atrás a Bess. Nadie ofrece refugio a la zorra drogadicta. Nadie, excepto Porgy. Comienza así una de las relaciones desigualdades más bellas de la historia de la ópera. Otello y Desdemona en la costa este. Ella bella y deseable, él enamorado y necesitado de ayuda. Una pareja de ternura, de esas en la que ella cierra los ojos y se imagina que es el viril Crowney quien le susurra al oído y le penetra en la cama. Porgy lo sospecha y nunca ha sido más feliz.

Pasan los meses, vuelven la paz y los prisioneros a la comunidad. Bess ha abandonado su vida anterior. Ya no se droga, ya no disfruta del sexo. Es esposa. Al volver de la excursión, el macho Crowney la caza sola. Bess dice no con la cabeza, pero su cuerpo dice sí. Él volverá a buscarla. Quizá por eso o quizá por la vergüenza de haber sido débil, Bess se vuelve enferma de muerte. Porgy sabe lo ocurrido: promete protegerla de Crowney y de sí misma el resto de su vida. Solo Dios puede romper su unión. Baja Dios y es tormenta, y en medio de la tormenta, vuelve Crowney a reclamar lo que considera suyo. No puede llevárselo: la tormenta vuelca la barca de los pescadores, y Crowney se une al pueblo, nada para salvarlos.

Clara, la madre de las nanas muere ahogada.

Bess es ahora madre del huérfano. Ni siquiera el enésimo retorno de Crowney le hace abandonar su papel: Porgy asesina brutalmente al presuntuoso violador. Pero la tentación no ha muerto con Crowney. Es el polvo blanco. Su verdadero marido es su camello, de nombre Sportin’ Life. Mientras Porgy está en la cárcel, detenido como único testigo del asesinato de Crowney, Bess se escapa con su camello. Porgy vuelve y encuentra el nido vacío.  No desespera: parte para recuperar al amor de su vida.

Contado así, sobre el papel, parece una ópera apasionante. Personajes imperfectos, con los que puedes sentirte identificado, unidos a una música siempre fresca, llena de melodías fácilmente tarareables, con coros de una gran belleza. Mucho ritmo, mucha alegría, mucha fiesta. Y ese es para mí el problema: al final resulta superficial. Pensando que es una historia escrita por blancos sobre negros. El folklore ha acabado por sustituir al ser humano y les trata como seres extraños, que reaccionan siempre con alegría frente a las catástrofes. Nunca desesperan, siempre tienen un coro motivaciones de gospel para celebrar tanto los entierros como las curaciones. Tanto Dr. Jesus acaba por causar cierto sonrojo. Llega el final, y te quedas con la sensación de “¿Qué ha pasado aquí?”. ¿Por qué?

Esta es la razón por la que al final, me he quedado frío.

Esta es la razón por la que al final, me he quedado frío.

No pretendo acusar al compositor de racista. No se escriben melodías tan bellas para alguien que se ama. Pero al final, el color local y la continua necesidad de celebrar acaban por desdibujar los trazos de estos personajes tan memorables.

O eso, o simplemente fui a una mala representación. Quién sabe.

Mi veredicto

Porgy and Bess, vista en vivo por primera vez el 11 de julio, con este reparto.

Te gustará si… si te vuelve loco el jazz: la música de Porgy and Bess es muy bella.

No te gustará si… si no te basta la belleza y buscas ese algo intangible que tienen las grandes óperas.

Mi puntuación: 6

Por último, os dejo con una versión más jazzera de Summertime, por Louise Armstrong y Ella Fitzgerald.

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