Semana 6: La rondine – Puccini

Vuelvo a los orígenes. Hoy nos dejamos de barrocos, de franceses o de wagneriadas. Toca Puccini. Puccini, ese compositor que tan feliz me ha hecho. Ese compositor cuyas historias de mujeres en peligro tantas veces me han hecho llorar, viendo cómo a la pobre Suor Angelica se le aparece su hijo como signo de su salvación o mientras un bandido y su improbable salvadora dicen adiós a las colinas de California. Puccini ha sido durante mucho tiempo mi compositor favorito, el que escuchaba de manera obsesiva durante horas: cuando no era Tosca, era Turandot, cuando no, La fanciulla del West (esa joya a la vez que spaghetti-western).

Y de su no tan extensa obra, quitando sus dos primeras óperas de juventud, solo me faltaba por conocer La rondine. Con lo obsesivo-perfeccionista que soy yo en esto de ampliar repertorio, ¿por qué estamos ahora a estas alturas? La razón es prosaica. No estaba incluida en la caja Tebaldi-Puccini que me regalaron una vez por mi cumpleaños. Y una vez que se pasó mi fiebre  pucciniana, no encontré un momento propicio para conocer la hermanastra de sus óperas, la siempre desgraciada golondrina. ¿Mi conclusión? Es la ópera más bonita que jamás he oído. Pero la peor de las grandes óperas puccinianas.

¿Cómo puede ser eso? Es realmente sencillo.

La rondine es un banquete de melodías monísimas. Es un pastel operístico. No, mucho más. Es como entrar en una pastelería donde el dueño te dice que puedes comerte todo lo que quieras: chocolate, crema pastelera, nata casera, frutas escarchadas espolvoreadas con azúcar glas de colorines. Un disfrute continuo; ligera y sencilla, sin un solo minuto de aburrimiento. Y la historia es igual que la música: una historia de amor preciosa, una comedia romántica de esas de Jennifer Aniston avant la lettre. Que acabe mal es un detalle sin importancia, porque no hay conflicto dramático, solo amor, besos, muchas situaciones cómicas y un par de lagrimitas.

La comida favorita de Magda y Ruggiero.

La comida favorita de Magda y Ruggiero.

La historia es una Traviata sin tragedia: una mantenida que se enamora de un jovencito. Se aman, están todo el día diciéndose lo mucho que se quieren. Pero la pobre no le confiesa que no es tan virginal como él cree. La rondine sucede en un mundo civilizadísimo, donde el mecenas de Magda se va sin retar en duelo ni intentar asesinar a nadie. ¿Y por qué acaba mal? Porque Ruggero, que así se llama nuestro héroe, quiere desposar a Magda, y ella no se siente lo suficientemente pura. Tras un periodo de felicidad en tierras cálidas, decide emigrar, como golondrina (de ahí el título) de vuelta a su mecenas, dejando al pobre Ruggiero con un palmo de narices. Por el camino, dosis de comedia del enredo, risitas al oír hablar de amor, y una pareja cómica que se pasa el tiempo discutiendo. En definitiva, una cuquiópera.

 El brindis del Acto II. No apto para antirrománticos.

La obra tiene un papel de soprano maravilloso, con el que las divas pueden mostrar lo bien que suspiran por el amor entre pianissimi etéreos y un papel de tenor gallardo, apasionado y guapo a rabiar. Los papeles secundarios de la sirvienta y el poeta son de los mejores jamás escritos por Puccini. ¿Por qué este bombón de ópera no se representa con más frecuencia?

Porque no hay conflicto dramático. Porque todo sucede con ligereza, con alegría, con civilización. Nadie se tira de lo alto de un castillo, ni se juega la vida de su amante a una partida de póker. Y esto funciona en Rosenkavalier, clara inspiración, pero Puccini no es Strauss. Porque en Rosenkavalier, detrás de la ligereza se esconde una mujer que nos abre su alma en plena crisis, nos muestra un pedazo de la humanidad. ¿Qué nos muestra La rondine del alma humana? Nada. Nada de nada.

 Ese maravilloso inicio del Acto III.

Y sin embargo, después de escucharla, no puedes evitar una sonrisa. Como en ese precioso final del segundo acto, con Prunier silbando y una voz lejana que canta al amor, que te atrapa en una nube, y hace que sientas “Me gustaría ser un personaje de esta ópera“. Hace que aprecies mejor la belleza de la vida, el valor de un beso, la sonrisa de tu pareja, esos momentos en que te quedas embobado

Ah…

Mi veredicto

La rondine, escuchada por primera vez en los días 5 y 6 de junio de 2014, con la siguiente grabación.

Te gustará si… estás enamorado.

No te gustará si… eres diabético o adicto a la metafísica operística, porque azúcar mucha y metafísica poca.

Mi puntuación: 8

Por último, os dejo con esa preciosa aria que es Che il signo di Doretta, la más conocida de esta ópera.

¿Migramos a tierras más cálidas?

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3 pensamientos en “Semana 6: La rondine – Puccini

  1. Hay que considerar cómo se compuso esta ópera: un encargo de hacer una opereta a la vienesa abortado por el estallido de la primera guerra mundial, estrenado deprisa y corriendo y, sin quedar el compositor conforme, no volvió a retocarla.
    La Rondine estaba pasadísima de moda en la época de su estreno, pero Puccini era consciente de ello. Incluso añadió los “deliciosa – exquisita” en el aria de Magda como burla a los que le acusaban de sacarináceo.

    • Había leído sobre los avatares históricos de esta ópera en el Budden (que me lo tiró a la basura un excompañero de piso, dicho sea de paso 😦 ), no lo comenté porque trato de abstraerme lo más posible del contexto en que se crea la obra, para concentrarme en las sensaciones que tengo con ella.

      Lo que no tenía ni idea de lo que cuentas del “delicioso, exquisito”, que me parece una absoluta genialidad! ¡Gracias por tus comentarios!

  2. Pingback: Semana 11: Porgy and Bess – Gershwin | Las 52 óperas del año

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